jueves, 20 de febrero de 2025

Florista

Tengo una tía lejana (tía en tercer grado) que vive en esta ciudad.
Era florista (dato irrelevante).

La recuerdo a mediados de los años 90s con su pelo largo negro y brillante; joven, ágil.
Un día fui con mi madre a la estación de metro para encontrarnos con ella. Allí, ella me esperaba con una bolsa llena de regalos y juguetes.
La bolsa era muy grande, y yo, con mis 5 o 6 años, me había sorprendido mucho con la cantidad de cosas que tenía dentro.
Había de todo un poco: juguetes grandes, pequeños, juego de tacitas, muñecos, juguetes a pilas.
Yo, por supuesto, estaba feliz por los regalos, pero más estaba impresionada.

Notó mi asombro y ansiedad por abrir los juguetes, así me recomendó abrir uno que no tuviera piezas pequeñas.
Todo esto aún en la estación de metro, ah.
Me ayudó a abrir un juguete de maromero o trapecista, una figura que da vueltas de trapecio al ser accionado mediante hilos tensores.
Así estuve entreteniéndome toda la tarde-noche, mientras mi madre y ella pasaban el tiempo juntas.


Se casó una vez, pero enviudó demasiado joven aún.
Después de eso, se mantuvo soltera y nunca tuvo hijos.

Hoy tiene Parkinson (... y, a mi vista, una depresión evidente).
(El mundo sería un lugar menos triste si no existieran las enfermedades neurodegenerativas)

La enfermedad la deterioró terriblemente en este último año.
Hace meses, se mudó a un hogar de ancianos por voluntad propia. Va a pasar el resto de su vida allí.
(Todo muy triste)
Usa pañales y debe ser cambiada 6 veces al día. Le dan de comer y la bañan.
Su día a día es lo que dicta el horario establecido por ese asilo de ancianos.
Tiene dificultad para hablar. Apenas le sale un hilito de voz.
Su cuerpo se encoge y sus articulaciones se endurecen. Su rostro, siempre cabizbajo, casi no tiene expresión alguna.
No puede levantarse de la cama sin ayuda, pero (¿afortunadamente?) todavía puede caminar con su andador.
Todo esto estando ella aún con sus facultades mentales plenas, como si sufriera el síndrome del enclaustramiento.
(Nah, el síndrome del enclaustramiento debe ser mucho peor aun)

Hace unos días, acompañé a mi madre a llevarnos algunas de sus pertenencias. Va a vender su departamento. Ella (mi tía) también estuvo presente.
Me fui del lugar con 2 bolsas llenas de cosas: ropa, electrodomésticos, artículos de papelería, adornos, chucherías.
Al irnos del lugar, le di las gracias.
Y de pronto recordé el episodio del metro de hace casi 30 años, y me llené de nostalgia.
Ahora todo es más triste.

Me dieron ganas de decirle que recordé sus regalos aquella vez en el metro. No creo que lo haga.
Tal vez se lo diga a mi madre.
O tal vez no, y me guarde todo, como de costumbre.

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